Ambos estábamos sentados en el suelo, a unos pocos metros sobre la catedral. No había nadie en las calles, reinaba un silencio tranquilizador. Yo disfrutaba de la hermosa puesta de sol, mientras, él dibujaba con carboncillo la silueta de aquel gran edificio, una preciosa catedral al puro estilo gótico francés, aunque con algunos elementos renacentistas y barrocos en el interior.
Ese se convirtió en nuestro sitio, nuestro lugar. Aquel verano quedó como el más bonito de todos los recuerdos de mi juventud.
Después de un rato, cuando terminó su dibujo, me lo enseñó y yo sonreí, era muy bonito, encantador, al igual que él. Tras eso, me dio un beso, uno de esos besos cortos pero suaves y muy dulces... y volví a sonreír.
Ese se convirtió en nuestro sitio, nuestro lugar. Aquel verano quedó como el más bonito de todos los recuerdos de mi juventud.
Después de un rato, cuando terminó su dibujo, me lo enseñó y yo sonreí, era muy bonito, encantador, al igual que él. Tras eso, me dio un beso, uno de esos besos cortos pero suaves y muy dulces... y volví a sonreír.